Dear Lagun

Dear lagun

Una primavera cero para dolores eternos, aquella madrugada de fugaz alivio para nuevas formas y costumbres, esa farra inolvidable con whisky genuino, flores e interferencias monetarias [un problema añejo por solucionar]. Predispuestos al vortex e ignorando el freno, nunca hemos querido conservar las costras de angustia fácil y machacona, preferimos el remedio proporcionado por un ruidoso esplendor que nos ilumina simbólicamente a las cinco a.m. Si el tiempo pasa tan lento o tan rápido, que importa ya. Estamos hartos de tirar pa’delante porque no hay nada detrás, de hincarnos para aceptar nuestras pequeñas culpas, de cerrarnos puertas por nuestro afán de pelea o de negarnos a bailar mondo suburbia para evitar decirle adiós a Miss Tristeza, esa perra inmunda que carcome el alma y que nos obliga a huir casi desde que empezamos. That scrabble days are gone.

Pero vamos, somos tan estúpidos e ilusos al querer pulsar «Delete» a ese menosprecio virtual que se ejerce contra todo lo que no es homogéneo [aquello que nos mata o asusta]. No han comprendido que podemos cometer errores, emprender un vuelo suicida en un instante de locura o de miedo. O de risa, que más da. Una selección activa y temporal como el meter nuestras manos al fuego de la indecisión; la posibilidad de admitir que el riesgo nos parece divertido o un decir mentiras para no tener que enfrentarnos con una multitud de sonrisas de cajón, con bocas que hablan y callan como impulsos binarios por no tener nada mejor que hacer. ¿Crisis de valores o resquicios de la (in)felicidad que dispara la última resaca? You dont’ know, tan sólo me dices, y agregas sonriente un “Maybe, you’re just too demanding, eh?” Sí, tal vez tengas razón.

Estoy solo, estamos solos, queremos estar solos con nuestro desencanto por todo.

Un día escuchamos a un filósofo borracho decir que «La soledad es la caspa de la historia» y, que risa, a ambos nos consta que ya no habrá tripi days sino terror inquieto y policial, un enjambre de obsesiva brutalidad, algo que se instala tranquilamente en cada esquina de nuestra city tan homicida. Ilusionados y miserables o perdiéndole el rastro a una agotadísima fe, no queremos que nuestra única emoción verdadera sea recordar pasatiempos infantiles en chit-chats nocturnos o esa lejana posibilidad de ver nuestra mejoría psico-histórica en el recuadro principal de una gran TV. Tan modernos y vacíos, megadiver temporalmente por la gran cantidad de diablitos y ruedas azules —esos locos bajitos— o siendo víctimas temblorosas del efecto invernadero. Desolados, compartiendo el golpe de la lluvia, en el furor de los meses que vivimos con el placer de ser nosotros mismos, jugando en familia al Twister o súper drunkies intentando seguir el estribillo de un sentimiento comunitario puesto en el borde de sí mismo.

Otra oportunidad. Otro día más. Otra noche para malsoñar.

Nuestro pesimismo va y viene. Es tan flexible como los años que llevamos cantando esa eterna melodía que susurramos sin pensar, como el vigoroso in-out de video porno experimental, como la postura práctica e hipócrita de una cristiandad simulada para agradar. Tal vez lo único posible es romper el cristal, activar la alarma y esperar la temporada de ofertas inauditas, o lanzarse al party con la euforia de antaño [nosotros ya no podríamos ser lo que fuimos ayer] ¡Qué más da!, ya no hay nada en todo esto o aquello que realmente nos ocasione vértigo o que nos rompa.

We’re the breeders of the new pack [ex nothing kids are free].

No obstante lo bembo, esa nueva indiferencia que refleja el cansancio por el constante actuar en una dimensión aparentemente vacía, permanece y se instala en sitio preferencial, ofreciendo pegatinas rizomáticas de a lo que con malicia llamamos vicios. Nos abandonamos, nos refugiamos, nos encontramos, nos perdemos pero también vivimos en ello. Violentamente felices, su confusión es nuestra ilusión. Por absurda, esta línea de fuga parece una escena anexada a nuestra personalísima road movie: yo soy la motocicleta que mató a Fariña y tú la bajada de anfetas en la encrucijada que nos marco la vida. Yo te transformo en feedback, tú me conviertes en supernova, ambos nos unimos y somos giga explosivos.

Otra cosa, dear lagun: You trip me up.

Como nadie, como nunca.

*Dear Lagun pertenece a “Comparte la caída”, un E.P. de textos de Javier Fernández A. y Rafa Saavedra, a editarse por el sello discográfico Nimboestatic en el 2002.

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    Aquí nos encontramos los que escupimos y cupimos, los que dejan abierta la puerta y sonríen como farolitos. What’s happen now? [sic] Alguien tenía que poner on-line el cruel circo de anuncios fortuitos. Detonar la bomba, porque sí y porque ya no hay tiempo para agobiarse, la pena ajena nunca fue un pretexto, tan sólo un yield de liga intertextual. Una falsa esperanza. Cómplices, cercados, envueltos en celofán y cristal, arropados por la inconsciencia, bendecidos por el alcohol y esa cosa siniestra [voluntad propia]. ¿Vamos a explotar o qué? Necesitamos algo más que inseguridad, necesitamos dinamitar la ciudad. (Ubertrip, Moho 2003)


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