La legión de los superhéroes

LA LEGION DE LOS SUPERHEROES

Yip, yip. Hablemos claro -pienso en voz alta- “Esto es una mierda”, al regresar del inmundo baño con retretes atascados de porquería y ese persistente olor a orines que penetra y se queda instalado permanentemente en nuestras narices. Henry, que trae una camiseta con la leyenda “Choose a Jesus” en letras azules y rojas, ni se inmuta con el comentario y sigue enfrascado observándole las tetas a una escuálida chica nocturna que baila una rola movidita con mi amigo Gerardo.

En silencio maldigo que el As Negro tenga la suficiente luz como para ver el grosor de los gargajos amarillentos en el piso y la fealdad irremediable de toda esta gente que nos rodea. Todos son tan feos que el lugar parece un circo de freaks: todos desde el señor Clap Clap que baila en trance una serie de mambos y que a veces, viene a saludar y se retira en muy buena onda con un “para ustedes muchachos, mis respetos” hasta ese gordo sifiliento que se acaricia él solo mientras suenan las baladas maquilas, que nos cae mal por mamón ya que siempre viene a la mesa a decir que es partidista y a reclamarnos por ser niños bien en busca de desmadre. Por favor, le dije un día, primero enflaca, te bañas, te lavas tu apestosa boca y después vienes a enfadarnos, pendejo. Ahora nos lanza unas miradas de odio desde la barra y le cuenta a todo aquel que quiere escucharlo que él es partidista y nosotros, unos niños bien en busca de desmadre.

“Estamos en el culo del mundo, chico” contesta por fin Henry para luego, inquieto, señalar su botella vacía y gritarle a una de las meseras. “Otra beer, carajo”. ¡Ah! el buen Chinaski, viejo poeta con dientes podridos y deseos malsanos, carne de presidio y labios urbanos con voz de adolescente tardío. Chinaski, un paría amante del vino que nunca se baña y tampoco sonríe. Calzones cagados Chinaski, el perro pródigo de ritmo infernal en la mente de un lector burgués, aquel que vomita antes de empezar a leer su dosis de poesía. El gran Chinaski, el tipo al que solamente le gusta rascarse los sobacos y eso, efectivamente, hace en este momento. Eso sí, con mucho estilo y con una actitud para nada snob.

A Gerardo estos lugares le provocan un ataque de asma, para mi son el veneno que fulmina los sueños y para Chinaski son la cuerda que sujeta al ansia moribunda. “Maj kuar kuar”, le dije a Chinaski y él asintió moviendo ligeramente la cabeza. Y hablamos del poder de las estrellas, de chicas secretas y la repentina muerte de nuestros amigos; de la obsesión compartida por las tetas de Madonna, del chantaje emocional implícito en la conducta amorosa de las mujeres y de cómo hay que negarte cuando el diablo toca a tu puerta; de cómo la belleza nos miente cuando la miramos a los ojos; de cuando el mundo es rojo, el sexo es confusión, la sociedad es un hoyo que te traga y…. de cómo, cuando la desesperación me gana y no cuento con un puto dólar para comprar anfetas o una cerveza, me corto a rape el pelo. ¿Cómo skinhead? pregunta interesado. “Yeah, casi”. Una vez fui de nazi, me dice Chinaski como quien se prepara para dar una lección pero cuando me mira, se fija por primera vez en mi cardigan roído y mi vieja camiseta de The Smiths. “No, no soy célibe” aclaro sin saber bien el porque lo hago. ¿Qué esta arriba? pregunta Gerardo que ya se canso de bailar y aterriza en la mesa. “Nothing” contesto. Ambos sonreímos a mogollón y los tres seguimos el curso de la plática.

—¿Ya les conté la historia del tipo cuyo máximo placer es bolear a su purísima novia?- pregunto como quien quiere revelar un secreto maldito e interesante.

—Nope —contestan los dos un poco intrigados.

—El tipo es muy religioso por lo que no puede tener relaciones sin estar casado- hago una pausa para pagar otra tanda de cervezas y continuo- entonces hace esto: en el momento de mayor cachondeo, mete mano bajo la falda o pantalón de la chica, recuerden que es su purísima novia, y le sube el calzón hasta la madre; después, toma los extremos del calzón con sus manos y empieza a frotarlo con el movimiento clásico de un bolero: primero despacio y después de un rato, tan ultraviolento que la mayoría de las veces le rompe el calzón. Lo chistoso del asunto es que inmediatamente después, lleva a la novia a su casa y él se marcha a la suya a lavarse las manos como diez veces.

—Conozco mejores perversiones- contraataca Gerardo —como esa de leer revistas de mujeres bichis pegándose de cachetadas. ¡Y toda la revista es de eso!

—Cuando muera, aquí me gustaría esparcir mis cenizas —informa lacónico Chinaski harto ya de perversiones en teoría.

—¡Nos vas a contagiar a todos con tu mugre literatura! —digo y suelto una carcajada mientras pienso porque diablos me estoy riendo como un idiota y casi gritando agrego: ¡Hey Henry!, pronto me iré de Tijuana. Juro que te mandaré unas postcards de ocio y odio de todos los lugares a donde vaya.

—Me niego a ser una estrella pop —aclara falsamente indignado Gerardo para cambiar de tajo el curso de la conversación. [Gerardo se refiere al hecho de que salió un reportaje sobre él en la revista local de moda, cosa que yo paso por alto, restándole importancia y dándole, de pasada, en la madre al enorme ego de Gerardo]

—¡Es una vulgaridad! —afirma Chinaski mientras se suena las narices y nos enseña sus dedos llenos de mocos.

—¡Pinche poeta marrano! —dice Gerardo al levantarse de la mesa para perseguir a un cholo que corre como despavorido llevándose su mochila Quicksilver de treinta y cinco dólares como botín.

—Yes! Fuck Tarantino- grito eufórico al acordarme de cómo matan a Quentin en una movie que videe ayer y que, por cierto, no devolví al videocentro.

—Sí, estoy harto de geeks queriendo pasar como tipos duros. Duros mis dos grandes huevos —Chinaski se para y hace ese gesto obsceno tan habitual en él que me suelto a reír como idiota otra vez.

Henry no para de hablar: “Déjame que te lea mi último poema, se llama The Last Disco Song”. No puede hacerlo ya que un borracho con cara de matón le grita “Cállate, viejo pendejo” y luego agrega un ofensivo “¡Eres basura, pinche gringo panochero!”. Big error. Hasta ahí podríamos haber llegado. Eso fue lo que mató a Luca Prodrán. ¡Más que droga! el tipo presume sus puños y una mugrosa camiseta de Snoopy. Todo mundo sabe que a tipos polilla como este hay que darles una lección. Chinaski pelea bien. Un derechazo, otro más y a esquivar el golpe del rival; mañosamente Chinaski le escupe el rostro, le propina un rodillazo en los testículos y el tipo no cae. Las viejas reglas de la pelea callejera no aplican aquí y yo, con estas pastillas nuevas que me meto tan frecuentemente, alucino: revivo en ese instante la pelea de Kenobi y Vader, veo a Henry desenfundar un sable láser, el cuerpo del tipo en fuego y, al reaccionar, le grito: ¡Aguas Chinaski, que es una lesbiana power!

Odio la violencia, pero a veces la justifico. Sobre todo con los estúpidos. Todo mundo quiere participar en la pelea. Aviento una botella y esta se estrella en la rockola enrejada. ¡Es qué odio la música maquila! le comento al Señor Clap Clap que anda más colocado que el mismísimo demonio. No importa, la música sigue sonando. Maquila, música maquila. Un tipo de rostro tatuado que trae una camiseta blanca con la plegaria “Keep on truckin” escrita en dorado, amenaza con una navajota a Gerardo y le informa: “Ya te llegó la hora, cherokee” y Gerardo, entre el ruido y las risas de los que escuchan el diálogo, se limita a contestar con su ingenua cantaleta de “No me pueden hacer nada, soy de Ensenada” al tratar de esconder bajo un llamativo chaquetón amarillo huevo la recién recuperada mochila Quicksilver. Ya encarrilado, entro al quite y al verme la muerte instalada en los ojos, el malillón desiste en su intento no sin antes amenazar de nuevo a Gerardo que insiste en cruzar repetidamente sus brazos como Maravilla -la chica del lazo en la Legión de los Superhéroes- al decir “No me pueden hacer nada, soy de Ensenada”. Mientras tanto, Chinaski propina un derechazo killer y aquel contrincante, o aquella, pierde por nocaut.

Sintiéndose victorioso, Chinaski mira desafiante a todos los que estamos en el lugar y, al darle un trago a su cerveza, se echa un pedo super tronador y ¡chumapues! Sátanas -mi perro que todo este tiempo había estado dormido bajo la mesa- se despierta aburrido, quiere y me obliga con sus ladridos a que lo saque a pasear. Lo hago y, al primer respiro de aire fresco, el méndigo se orina en un poste cercano.

*La legion de los superhéroes pertenece al libro Buten Smileys (Yoremito, 1996).

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    Aquí nos encontramos los que escupimos y cupimos, los que dejan abierta la puerta y sonríen como farolitos. What’s happen now? [sic] Alguien tenía que poner on-line el cruel circo de anuncios fortuitos. Detonar la bomba, porque sí y porque ya no hay tiempo para agobiarse, la pena ajena nunca fue un pretexto, tan sólo un yield de liga intertextual. Una falsa esperanza. Cómplices, cercados, envueltos en celofán y cristal, arropados por la inconsciencia, bendecidos por el alcohol y esa cosa siniestra [voluntad propia]. ¿Vamos a explotar o qué? Necesitamos algo más que inseguridad, necesitamos dinamitar la ciudad. (Ubertrip, Moho 2003)


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