Viajando por los clubes la confusión es un buen inicio

El «You are here» del flyer te sitúa en tiempo y espacio en la primera escala de un weekend interminable. Tú, con la t-shirt de Radio Elecrónica¨[sic] y la idea fija de que una sola realidad es peligrosa, entras para intentar comprobar o desmentir esas y otras afirmaciones.

Dentro, el malvivir y el porvenir se unen; el seguir o no un juego que obliga a escapar y vivir días de 24 horas, reúne a un buten de gente ahogada en la euforia y mascaritas de (in)felicidad; la imagen, como criterio de convergencia, sólo sirve para que te des cuenta que lo que mueve este y otros asuntos es una ilusión.

Bailar, diría Tony Manero, no es algo que dura una eternidad, es algo que vives con intensidad. A golpe de bombo, somos piezas insignificantes dentro de un metaorganismo que se pierde en cada madrugada en arrebatos de curiosidad. Salir y conquistar el ocio es propiciar una especie de destrucción del entorno, el material de derribo que reniega de todo a ritmo del house uplifting, que se resiste a seguir el punto en el que nos aseguran hay que estar. La city se nos cae encima, nuestras vidas despreocupadas yacen bajo los escombros. Shake it, baby.

Bailando on-line
the new style, la nueva ola
the old skool, el regreso a la raíz
olvida los prefijos, invierte los sufijos
do the robor, do the misfist

Frente a una torre de posibilidades sonoras, postrado con disfunción abrumadora ves como el personal se propone inútilmente recrear días felices (los deseos, las sonrisas, los momentos compartidos) en un conjunto de fragmentos insertados en una red de relaciones intertextuales que devuelve lo que recibe, sólo que un poco más confuso y casi ininteligible.

Entrar al juego. Divertirse al observar con detalle lo que está pasando, disfrutar el momento de pausa y scratch, esas grandes líneas de bajo con un gancho percusivo e inmediato. Big, dirty and loud. Sin embargo,
cuando el nivel de repetición de las ideas controla a los disidentes, mediatizados por la calidad de los altavoces te preguntas: “Where has the feeling gone?”.

Because we can

No hay consignas que se respeten. Despojado del otro, ocurre el fin de la alienación (cada uno es mucha gente). Si te cuestionas, recuerdas los jingles como el síntoma de agotamiento o el vivir con otra luz que evita convertirnos en lo que contemplamos. Situaciones ultra complacientes, trolos y logofílicos, sedados en la imagen, trabajando por un confort que nunca es suficiente, comprobando que las limitaciones marcan -de algún modo- el estilo. Un baile hacia afuera, algo que miente a veces, viviendo a destiempo esos movimientos y pláticas que hacen de la noche algo más intangible.

Now & wow times.

Con un espíritu discordiano, te dan ganas de hacer una intervección: dar un tartazo a quien diga que esto es una escena. Pero, viendo la situación, piensas en pedir el micrófono al DJ y anunciar: The dress code is over!
The velvet rope is over! The hands on the air are over!
Get real, amici.

Play the punka muzik, techno boy.

En la cresta de la indiferencia, mejor decides bailar. Y es que, en ciertas ocasiones, lo efímero también es lo urgente. Hey DJ! Aquí estamos, entertain us. ¿Cuál es la clave el éxito? Acaso es el DJ que intenta ofrecer algo de frescura, la mezcladora profesionar de dos canales con retardo sincrónico a punta del pastilleo, o la gente en flanger. No lo sabes, no lo sabemos: estamos perdido en un techno funk metálico de killer groove.

Mientras tú piensas si beber o no otra cerveza, el DJ toma muestras y las manipula sobre la marcha, fabricando un ciclo con cierta duración que no regresará jamás al mismo punto de inicio.

Ni tú, ni nosotros.

Es tan claro, so wicked: One Dj, two Technics and mogollón de gente under a big fuckin´groove. Como aquella canción de The Jam, estás aquí sentado -emocionado, aunque no lo parezca- mirando como la gente enloquece (prescription drugs, smart drinks, hard stuff, unkown happiness). Todo sigue, nada se detiene; de nada vale el análisis del conflicto y la futilidad del estado de bienestar bajo ritmos de gaseosa. A las 3 a.m., lo que conoces se está cayendo; no hay algo que pueda permanecer por años, algo por lo que no se pierda la fe, algo tan intenso que no pueda agotarse cuando suene el último arpegio.

A esta hora, si sólo observas, el mundo parece ir más lento y cualquier dimensión utópica es perfectamente inútil. Alguien dice: “Esto es mi escape de la realidad”, y eso te aclara la mente. Ahora lo entiendes, ése es el problema, para ti -los menos- esto es simplemente la realidad. Y, como cantan Ellos, «no está mal, pero puede mejorar».

Este texto aparecerá en el No. 1 de la revista Sube baja, editada en la Tijuana Hardcore. Febrero 2002.

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    Aquí nos encontramos los que escupimos y cupimos, los que dejan abierta la puerta y sonríen como farolitos. What’s happen now? [sic] Alguien tenía que poner on-line el cruel circo de anuncios fortuitos. Detonar la bomba, porque sí y porque ya no hay tiempo para agobiarse, la pena ajena nunca fue un pretexto, tan sólo un yield de liga intertextual. Una falsa esperanza. Cómplices, cercados, envueltos en celofán y cristal, arropados por la inconsciencia, bendecidos por el alcohol y esa cosa siniestra [voluntad propia]. ¿Vamos a explotar o qué? Necesitamos algo más que inseguridad, necesitamos dinamitar la ciudad. (Ubertrip, Moho 2003)


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