nuevo relato

Las cosas que hemos perdido

Casi por casualidad, Polnareff encontró una de las tantas respuestas posibles a «esa situación» tan cotidiana. A pesar que le repelía cualquier cuestión metafísica sentía –cosa del momento- una rara conexión con el universo que, después de una fase que lo friqueó, le hizo comprender que aquello era algo más que un feeling de optimista reciclado. Había asistido por la tarde a una reunión de trabajo que terminó de mala manera. Nada extraño, eso sucedía a menudo: en su desesperación por colocarse en el spotlight, hasta las personas que manifestaban cierta brillantez erraban en los juegos de convivencia sin riesgo; la huída era, entonces, un impulso oportuno cuando el ser tolerante frente a la ramplonería o la habitual indiferencia no bastan para entender razones a medias o esas agendas ocultas que, sin pedir permiso, salen a relucir.

Camino a casa, en pleno trip, Polnareff se enfrentó a algunas de las circunstancias que le preocupan a los habitantes de esta ciudad: la paranoia por la (in)visibilidad policíaca, esa respiración entrecortada al no saber a ciencia cierta si se está o no marcado por un destino al que le encanta la violencia sin sentido, el beat intrusivo de los autos placozos conducidos por chinolos y michos malencarados, los retenes que han derivado en un decorado costumbrista que ya no causa ni alivio o siquiera un mínimo de miedo sino un enorme fastidio, los cadavéricos crystal freaks limpiavidrios que al sonreír dejar ver lo jodido de su dentadura, el quiebre violento de ese flujo llamado tiempo. Con un poco de suerte y experiencia, Polnareff logra evitar que esto sea motivo de frustración o un blanco fácil para enunciar la descomposición social.

Polnareff, gestor de contenidos en un despacho de diseño gráfico con prestigio internacional, está parado en la punta de un alfiler. A la gente le sorprende que logre conservar el equilibrio. Él lo tiene claro: si se mueve a la izquierda, caería de bruces en un sueño utópicamente absurdo que debería declararse ya en bancarrota. Si gira a la derecha, podría oler el dulce fascismo que se nutre de pasión nacionalista y una mirada reduccionista ante lo lejano que resulta el exacerbado clima social. La seguridad, lo sabe, es un botín para los núcleos de poder.

“El huir no soluciona nada”, musita Polnareff antes de estacionar el auto frente a su departamento. Ahí lo espera Delerm, el único vecino al que todavía saluda, quien agita la mano derecha como diciéndole que se acerque. Polnareff sabe que aceptar esa invitación es escuchar otra tanda de anuncios de corte apocalíptico, entremezclados con las mismas referencias bíblicas que él aún recuerda tras sus años como monaguillo.

Se acerca, pero decide no dejarlo hablar y toma la iniciativa con un ligero “Vengo algo cansado, amigo”. A pesar de su intento, Delerm lo atrapa al continuar la conversación de modo trivial, como lo haría cualquier individuo que no tiene segundas intenciones. Polnareff celebra anticipadamente que todavía puedan tener con alguien una plática decente sobre la herencia del post punk inglés o lo más reciente del cine asiático de acción.

Sin embargo, un comentario suyo –desafortunado, innecesario, naive- abre la puerta a la temática religiosa. Polnareff, quien a los doce años decidió no participar más en esos asuntos, acepta la descarga mientras piensa en la sensación de dividirse, romper el hilo de plata y perderse en el regreso como prueba de resistencia. Delerm, algo presuroso ante la oportunidad de corte y pega, aprovecha sus quince minutos al hablar acerca del corazón puesto en el compromiso, de la necesidad de ayudar a cumplir las promesas incumplidas por un Dios multitareas que ya no atiende ni a punta de machetes ni mediante multidinarias marchas blancas y, en un cambio temático repentino, de recuperar todas las cosas que hemos perdido (la inocencia, las reformas estructurales necesarias para lograr que el sistema funcione, el interés por negociar ante la crispación social, la confianza en una justicia petite que no concreta nada, el espíritu abatido por la suma del nihilismo de todos). Delerm no sabía nada en realidad pero fingía que sí. El ocaso de los trucos es la retórica de un francotirador dispuesto a todo.

Sin ganas de echar pelea, Polnareff escupe una pregunta: ¿De qué sirven tantos discursos si al final son sólo el chiflidito de una melodía que de tanto escucharla nos incomoda? Todo, dice mientras mira fijamente a Delerm, es una triste perfomance sin aplausos, la tragedia del transcurrir urbano que podemos ver a través del circuito cerrado que nos vigila. Sin pausa, agrega: “Cómo vamos a enfrentamos al fracaso si ya sabemos que lo único que pudo ahogar al buitre que le picoteaba los pies a Kafka era la sangre de éste. Yo no tengo miedo, sé que esta declaración no es políticamente correcta ni se ajusta al resultado de la última encuesta. Soy un tipo sensible pero no un estúpido. Une los puntos, Delerm.”

Su amistad era de años, juntos habían sido el terror simpático de aquel barrio de clase media alta y ahora, cosas de influencia y mimetismo social, todo era tan distinto. Polnareff lo veía y no reconocía a aquel sujeto que, por una temporada, fue casi su hermano. Sabía que Delerm era un tipo bien intencionado y hasta cierto punto agradable, pero también un gego renacido, un ilustrado ignorante que se tragaba casi a diario la píldora mass-mediática que lo hacía, vaya problema, vivir «esa situación» con un miedo igual a los demás. Time to get away.

Tras cortar la conversación a Delerm, Polnareff entra algo sedado a su casa, justo cuando empiezan las tele-news. Sentado en un sillón de diseño infrarrealista, se le cruzan los cables, la información llega a su mente abierta en bit-torrent: once enteipados hacen huelga de hambre frente a la Procuraduría, una cabeza cercenada se explaya haciendo declaraciones en una marcha globalifóbica, una banda de secuestradores posa –con un look muy 1986- para la foto que aparecerá mañana en los diarios, un jefe policíaco corrupto es víctima de un shake nocturno, el académico más celebrado del país aclara el porqué las (in)capacidades societales convierten a los narcos en «the new bullies», las impactantes imágenes de unos suppers en la que destacan un buen número de faltas de ortografía. La noticia principal informa detalladamente que al obispo le da por hablar en lenguas y su tripeo es una crónica del «desespero y no entiendo» que abochorna a toda la grey. Polnareff anota en un pequeño cuaderno que descasaba en la mesa de la sala la siguiente frase: “La violencia, a pesar de que sea convertido en algo tan familiar, parece afectarnos solamente cuando la vemos en close-up”.

Cuando Polnareff ve que Janelle, su esposa, le indica sin decir una sola palabra que hoy es su noche de suerte, algo entusiasmado apaga la tv. Ella le cuenta mientras intenta sacarle la camisa a cuadros Perry Ellis que ya no soporta a los nuevos vecinos (“Hoy vino la patrulla dos veces a parar el pleito de dos mujeres chismosas. ¡Por Dios, una de ellas es inspectora escolar!). Polnareff sonríe mientras se desabrocha el cinto y empieza a despojarse de los kakhis negros que aún lucen intactos gracias al perm-press. Para darle tiempo a que Janelle también se quite la ropa, le cuenta que en el despacho nadie hace otra cosa más que hablar de las amenazas que ha recibido el licenciado Marchet. “Parece que le pusieron cola, le hablan a cada rato a su celular y le dan detalles de que está haciendo. Él está que se caga de miedo y ya pidió que lo transfieran”.

¿Crees tu jefe que ande en malos pasos?, pregunta interesada Janelle antes de tirarse a la cama. Polnareff no contesta, se dedica a observarla en su esplendorosa desnudez. Respira tranquilamente al recordar que ya activo la alarma y que, en unos instantes, el vaivén de sus cuerpos sudorosos será el único ruido que pueda escuchar.

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    Aquí nos encontramos los que escupimos y cupimos, los que dejan abierta la puerta y sonríen como farolitos. What’s happen now? [sic] Alguien tenía que poner on-line el cruel circo de anuncios fortuitos. Detonar la bomba, porque sí y porque ya no hay tiempo para agobiarse, la pena ajena nunca fue un pretexto, tan sólo un yield de liga intertextual. Una falsa esperanza. Cómplices, cercados, envueltos en celofán y cristal, arropados por la inconsciencia, bendecidos por el alcohol y esa cosa siniestra [voluntad propia]. ¿Vamos a explotar o qué? Necesitamos algo más que inseguridad, necesitamos dinamitar la ciudad. (Ubertrip, Moho 2003)


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