De libros regalados, used bins y otras cosas

1.
En De cómo me deshice de quinientos libros, Augusto Monterroso narra sobre “la necesidad espiritual apremiante” de desprenderse de ellos. Piensa varias opciones: ¿donarlos a una biblioteca? (empresa tan fácil como inútil), ¿quemarlos? (mmm, remite a la Inquisición o, más cerca, a la intolerancia nazi), ¿regalárselos a los amigos? (esto brindaría la la oportunidad para que resten espacio y oxígeno a sus hijos). Un problema, pues.

2.
Varios meses atrás, al visitar a un amigo en su casa, me señaló una pila de libros que descansaban en el comedor. Había hecho una limpia y ya nos los quería, iba a donarlos a una biblioteca universitaria (o algo así entendí). Me acerqué y le di una repasada por encimita al montón y decidí llevarme a casa unos diez títulos en una bolsa de plástico amarillo (era del Cali-Max, para ser exactos). Libros de Augé, Bourdieu, John B. Thompson, varios de literatura bajacaliforniana que no tenía (Regina Swain, Daniel Sada y el Tijuanenses de Federico Campbell), una compilación de trabajos de Jis y Trino, uno que otro de sociología.

3.
Nunca he resistido esculcar en los used bins de discos. Es lo mío, me puedo pasar horas y horas (ya he dicho aquí que algunas de mis tiendas favoritas para perderme buscando discos son Amoeba en LA, Off the record en San Diego, Lou’s Records en Encinitas). Por otra parte, las librerías de viejo me causan más problema. Hay algo en el olor de los libros viejos que me saca de onda y que no me deja esculcar más allá de media hora. En mi pasada visita al DF aguante poco menos de una hora en la calle de Donceles. No me quejo, no tengo vocación de rescatista y confieso que me da cierta tristeza ver buten libros que nunca fueron leídos o que esperan un golpe de suerte que los saque de esos stands imposibles en el que están acomodados a presión.

4.
Hace un par de días fui a visitar a un amigo que había recibido un par de cajas con libros por parte de otro amigo en común que vino a la city a finiquitar su pasado (esto es: desocupar su cuarto en la casa de sus padres). Mi amigo –el que recibió los libros- me telefoneó para decirme que si quería revisar antes de que le hablara a otra gente para que hiciera lo mismo. Sure, le dije (aunque tarde unos tres días en ir a su departamento).
Fue chistoso sacar uno a uno los libros de las cajas y colocar aparte los que me interesaban. Uno ve el montón y piensa que estos libros le pertenecieron a alguien, que formaron en algún momento parte de su biografía… y no atina a hilar esos gustos comunes, contradictorios, weirdos, académicos o de best sellers que sale a flote con la personalidad del amigo en cuestión. Sorpresas que se lleva uno, no?
Al final me lleve a casa lo siguiente: Si tarda mucho mi ausencia de Javier Fernández Acévez (que había buscado por años y nunca había encontrado un ejemplar. Está un poco traqueteado, pero lo tengo ya en mi biblioteca), La rebelión de las masas de José Ortega y Gasset (si ya sé no es muy cool leerlo ahora pero, a como siga esta situación, será uno de los libros por revalorizar), Nada queda por arder de Carlos Martínez Villanueva (mi ejemplar lo preste a nosequien y pues, no lo volví a ver) El Anarquista y otros relatos de Joseph Conrad, Cuentos mexicanos inolvidables tomo 2 (trae uno muy bueno de Julio Torri), un par de libritos de
Alianza Cien (Poemas humanos de Vallejo, Una avanzada del progreso de Conrad), El arte de amar de Fromm (que ya empece a leer), varias plaquetes de la editorial Isla de Mar (Ibero Noroeste) que no tenía y alguna cosa más.

5.
Hubo momentos en que adquiría libros como desesperado. Cuando me di cuenta que necesitaría dedicarme por lo menos un año y medio exclusivamente a leer para ponerme al corriente, baje el ritmo y, ya sin ese estrés, disfrute más mis lecturas.
Leo mucho. Diario. A todas horas. En mi mochila cargo por lo menos 3 libros que voy leyendo en los tiempos muertos de mi trabajo, en los taxis, en los momentos aburridos de las fiestas. Leer es, al menos para mi, parte de los hábitos que conseguí hacer desde pequeño. Algo que se disfruta, pues.

6.
Creo que en toda mi vida sólo me he desprendido de un libro –no, no voy a decir cual y porque- y conservo sin afán de coleccionista, todos los libros que he comprado, me han regalado o me he encontrado los últimos 25 años. Muchos de ellos son, hasta la fecha, libros de consulta, que releo una y otra vez, que me sitúan en un plano de ideas y teorías en las que he basado gran parte de mi desempeño en sociedad.
Si me pusiera en el papel de Monterroso a decidir cuales merecen seguir conmigo y cuales no, la tendría difícil. Con los discos la tengo fácil, hace años me hice esa misma pregunta y ya he dicho en muchas ocasiones cual sería el único disco que salvaría de la quema o me llevaría a una isla desierta.
¿Libros? Déjenme pensarlo…

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    Aquí nos encontramos los que escupimos y cupimos, los que dejan abierta la puerta y sonríen como farolitos. What’s happen now? [sic] Alguien tenía que poner on-line el cruel circo de anuncios fortuitos. Detonar la bomba, porque sí y porque ya no hay tiempo para agobiarse, la pena ajena nunca fue un pretexto, tan sólo un yield de liga intertextual. Una falsa esperanza. Cómplices, cercados, envueltos en celofán y cristal, arropados por la inconsciencia, bendecidos por el alcohol y esa cosa siniestra [voluntad propia]. ¿Vamos a explotar o qué? Necesitamos algo más que inseguridad, necesitamos dinamitar la ciudad. (Ubertrip, Moho 2003)


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