El juego de las sillas

de la visa láser  y otros asuntos

Hoy comprobé que sacar la visa es un ejercicio de paciencia y tolerancia. Me citaron a las 10:30am pero, por supuesto, llegué temprano. A las 9am me formé en la primera fila que vi. Había unas 12 personas en ella. Mmm, dije, valió la pena venir temprano.
Nada. A los dos minutos, un guardia me sacó de mi error. Lo que siguió era el preludio para lo que me esperaba al ingresar al edificio. Una cola en la fila de las 10:30 escuchando pláticas aburridas (un señor ex político tratando de domar a sus hijas ya no más adolescentes) y viendo como una señora ex maestra copetona se me colaba con toda su family sin poder decir nada. Ahí esperamos unos cuantos minutos, a la orden del guardia nos colocamos en el borde de un negocio que prohibe que te sientes en las sillas si no consumes. De ahí, diez minutos más tarde, una fila más en la parte posterior del edificio para luego pasar a otra, ahora sí, en la que me formé a las 9am. A las 10:25 ya estaba en la que me conduciría al interior.
Primera revisión de documentos. El tipo que me atiende estudió en la misma universidad que yo. Me sonríe cansado y aburrido me sella los papeles. Tanto la familia del político como la de la maestra copetona quedan atrás. Enfrente de mi está una chica tonka de esas que salen en ANTM cuando les da por aceptar modelos big size. Linda, por supuesto.
Todo mundo sabe que cuando se hace fila las pláticas son tan intrascendentes o tan personales que da pena escucharlas. Y, sin embargo, me las tuve que chutar. Así me enteré porqué el ex político no tiene chamba y se tuvo que ir a Mexicali, de los problemas que tiene la ex maestra copetona con uno de sus hijos y el gran consuelo que ha obtenido leyendo libros de superación como el que traía entre las manos. Pfff, mi error no fue llevar un libro: cuando abro uno, me desconecto por completo.
Pasé por el check-point tipo aeropuerto sin problemas y entonces vi lo que sería el campo de juegos por las próximas horas: las múltiples sillas ordenadas por tres grandes bloques, cada uno en filas y cada una de estas con nueve asientos. Sí, las conté: tenía todo el tiempo del mundo. Mmm, musité, 300 solicitantes por día.
El juego de las sillas infantil es divertido, tiene música y a veces hay un premio. En este, parecía terreno minado. Un tablero digital mostraba algunos números. Unos intentaban descifrar en ellos claves y turnos, pero desde ahí no podías entender nada. Faltaba algo: información.
Ahí estuve unos 15 minutos o más. Cuando el guardia nos llamó pasamos todos los de la fila. Ya los sentía mi familia lejana. Los había observado por horas y ya les reconocía el acento y cierta manera de pensar y actuar. Todavía no había tantos nervios.
La segunda sala de espera era más pequeña. Varios módulos de atención en los costados y en la parte frontal; en medio, todos los aspirantes sentados. Ahí entendí de que iba el tablero. El primer ataque de nervios de uno de los aspirantes, se le caen los papeles y hace tremendo show al intentar recogerlos. Los guardias muy en su papel.  Me fotografían, la toma de huellas se repite dos veces: me sudan los dedos y no registran bien en el scaner.
De ahí, otra vez para la primera sala de espera. Ya es mediodía y hace hambre. Hay una máquina de sodas y chucherías pero al revisar en mis bolsillos me doy cuenta que no traigo cambio.  El juego de las sillas redux. Estoy en el tercer bloque y sé que para la sesión final de preguntas tengo que llegar a la primera fila del bloque más cercano a la puerta de acceso. Respiro profundo y espero.
La ex maestra copetona me sonríe y me pregunta algo. En estas circunstancias ya hasta me cae bien. La escucho a ella para no escuchar a un tipo de esos sabiondos que de todo opinan (mal, desinformado, con una voz tan irritante que cierro los ojos e imagino que estoy en un concierto de noise-pop). Cuando los abro, le sonrió a la maestra: sé que sufre tanto en esta sesión como yo.
Creo que el juego de las sillas es  un ejercicio para tratar de ver que tipo de personalidad tenemos los aspirantes. Algunos no lo pasan: se muestran irritados, hay quien se quiere colar, quien no sabe seguir instrucciones y comete errores que perjudican a todos los que le siguen, quien, simplemente, no puede reconocer que el infierno es esto: la tramitología y su burocracia. Sin embargo, aunque parezca contradicción, tengo que reconocer el excelente trato y servicio por parte de todos los empleados en el consulado. Lo cansado es, pues, todo el tiempo que pasa uno haciendo fila o sentado esperando lo que sigue.
Una hora más y estoy ya en la primera fila. El guardia nos indica que podemos pasar para la entrevista. Tras unos 10 minutos sentado en la segunda sala, es mi turno.  En el ambiente hay algo de temor, hemos visto como rechazan a algunos aspirantes y como salen entre afligidos y derrotados.  Camino hacia la ventanilla indicada, en un folder cargo todo lo que solicitan en los requisitos. No me piden nada, sólo me preguntan si mi apellido es con ´z´ o con ´s´. Tras aclararlo, me informan que es todo, que salga por la puerta de los aprobados y que pase a pagar al módulo de Aeroflash el envío de la visa a mi casa.
Crucé el pasillo y salí. El sol de las 3pm me recibió pegándome en la cara. Creo que ha sido el momento más Big Brother de mi vida. Me sentí como el ganador del reality. Sonreí: seis horas en el limbo no es nada.

Up-date:  Dos semanas después llegó mi visa. Nice.

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2 comentarios

  1. Yo también jugué a las sillas pero en un IMSS al lado de decenas de enfermos de sepa-qué, así que el recorrido de una silla a otra y de una fila a otra hasta lograr mi trámite burocrático lo jugué parada…

    No me gusta sentarme en asientos calientitos jajaja

    saludos!

    Responder
  2. Felicidades Rafa, ami me faltan 3 añines todavia para la renovada.

    Responder

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    Aquí nos encontramos los que escupimos y cupimos, los que dejan abierta la puerta y sonríen como farolitos. What’s happen now? [sic] Alguien tenía que poner on-line el cruel circo de anuncios fortuitos. Detonar la bomba, porque sí y porque ya no hay tiempo para agobiarse, la pena ajena nunca fue un pretexto, tan sólo un yield de liga intertextual. Una falsa esperanza. Cómplices, cercados, envueltos en celofán y cristal, arropados por la inconsciencia, bendecidos por el alcohol y esa cosa siniestra [voluntad propia]. ¿Vamos a explotar o qué? Necesitamos algo más que inseguridad, necesitamos dinamitar la ciudad. (Ubertrip, Moho 2003)


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