Vas a leerme en El Perro

COOL MEMORIES

1. Lo confieso: en cuestiones musicales soy un snob irremediable. A principios de los años Ochenta eso no era algo fácil, no había Internet ni redes de intercambio P2P y uno tenía que valerse de otras artimañas para conseguir aquel material deseado antes que otro siquiera imaginase que existiera.

Fui un lector consumado de la prensa extranjera musical (de la Creem norteamericana al NME, Melody Maker y The Face ingleses, pasando por Ruta 66 y Rock de Luxe españoles o la revista Esquina peruana y el suplemento juvenil Sí de El Clarín), aquello era enterarse de lo que hacían un puñado de bandas en sintonía con mis gustos del momento y matar por tenerlo en casa.

En 1984 escribí a la revista Sonido, una de las pocas que se/nos acercaba a la modernidad en México, enlistando a mis bandas favoritas. Unas ochenta, entre rollos post new wave, post punk clásico, la invasión británica new romantic, algunos grupos seminales de la escena alternativa local y las figuras centrales de La Movida Madrileña. Publicaron mi dirección. Recibí unas cien cartas en menos de dos meses, pero sólo mantuve el contacto con unos veinte por casi un lustro.

Ahí establecí una red de intercambio con un chico ruso experto en white labels del italo-disco, con un peruano que era una auténtica enciclopedia del american underground indie rock, con una adolescente argentina enamorada de los grupos más oscuros de la  Neue Deutsche Welle, con un español engranado en el rollo de los tape-traders y la advanced music en clave ruidista, entre otros. Sí, snobs irremediables hay en todo el mundo.

Así pues, era algo inquietante pero muy divertido que el playlist de mi adolescencia y primer juventud incluyera temas del garaje ye-ye francés más elusivo, el tecno-pop maquetero español, la balada posmo italiana, el new wave wadu-wadu argentino, el post punk malandro de la Europa oriental, la experimentación sicodélica holandesa o el hardcore leftfield de la escena americana.  Era, está por demás decirlo,el bicho raro entre la fauna de los outsiders del bachillerato.

2.  En los Noventa tuve una época atroz que ha quedado fielmente documentada en fanzines y en un par de libros. Sin embargo, todavía no me explico  cómo terminé siendo el dj residente en la noche alternativa del bar alternativo local. Cada miércoles, de 9pm a 3am enfrentaba una batalla feroz con el público habituado a las cuarenta canciones que sonaban una y otra vez las otras noches,  ese que bombardeaba la cabina del DJ con servilletas que iban de la mera sugerencia a que cambiara de música a la amenaza concreta si no lo hacia de inmediato.

Nunca hice caso ni de unas o de otras, mi misión era otra. Stereophonic, así se llamaba la noche, era una plataforma para nuevos sonidos, desde lo más twee pero también para lo más brutal, para las mezclas duras y lo que yo intuía iba a sonar el próximo verano. Sí, un lugar de tendencia gris moderno al uso pero que también tenía su momento Elvis: a las 12 de la noche sonaba el Always in my mind sin reparo ni pudor.  Al principio, abucheos… después, un tema clásico del bar. Y es que no todo era grunge ni brit-pop, chicos.

3. En el 2k lo que mandaba era el spanish pop, el glamur de la nueva nueva ola electro, el revival del disco sound en clave europea, el hip hop abstracto que no necesitaba de tantos mc`s, los drones pierde-cabezas y un previsible comeback del noise-pop bajo un renovado manto electrónico.  Para ese entonces ya había regresado a la radio y el  radio show Selector de Frecuencias se convertiría en mi nuevo playground sónico. Un experimento gozoso que todavía continúa al aire.

Ahí comprobé que la música es un soplo en el corazón, que un estribillo perfecto es el mejor beso químico,  que en el vaivén de los estilos y el surgimiento de sub-géneros cada semana nada se pierde, simplemente se transforma y evoluciona, que escuchar la canción adecuada puede detener por un instante nuestra existencia. Pure bliss.

4. Estuve en el coletazo de Napster y de Audiogalaxy, fui usuario-fan de soulseek y eMule, me enganché de inmediato con los mp3 y álbum blogs, de la radio por Internet  y las listas privadas de descarga.  Sin embargo, no he dejado de buscar discos en las tiendas ni en los mercadillos de oportunidades, ni de coleccionar la prensa musical que todavía sobrevive a la zozobra del mercado.

He pasado de la euforia del todo-gratis al hartazgo de ver a esos que bajan lo que sea y no escuchan nada. Yo no puedo.

Sin asomo de duda puedo afirmar la música es/ha sido mi más grande amor.  Soy un selector, un special picker que va de sitio a sitio escogiendo con la mirada afilada y un tino de experto aquellos discos o  esas canciones que me harán sonreír, que servirán para entender este mundo de otra forma o simplemente, me cambiarán una vez más eso que llamamos vida.

5. La música es una de las pocas cosas que me conectan a esa adolescentricidad hoy tan denostada, que me hace vibrar con la posibilidad de ver a mi nuevo grupo favorito en un bar como The Casbah junto a 171 personas y no perdido en un estadio con una multitud que se apunta a todo, que me hace animador como popne-discos de una larga noche que actúa como una forma de resistencia lúdico-creativa ante la impunidad y violencia que nos atosiga.

Ahora mismo podría hacer listas de mis grupos favoritos como las que hacia Kurt Cobian en su cuaderno escolar antes de pegarse el tiro que lo sacó de circulación. Por género, por año, por país de origen, por grado de influencia, por temática, por brincos estilísticos. Podría, pero no tendría ningún chiste: muchos no reconocerían ni a la mitad de ellos.

Sí, lo acepto: después de tantos años sigo siendo un snob irremediable.

*Este texto aparecerá en el nuevo número de la revista El Perro. Very soon.
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    Aquí nos encontramos los que escupimos y cupimos, los que dejan abierta la puerta y sonríen como farolitos. What’s happen now? [sic] Alguien tenía que poner on-line el cruel circo de anuncios fortuitos. Detonar la bomba, porque sí y porque ya no hay tiempo para agobiarse, la pena ajena nunca fue un pretexto, tan sólo un yield de liga intertextual. Una falsa esperanza. Cómplices, cercados, envueltos en celofán y cristal, arropados por la inconsciencia, bendecidos por el alcohol y esa cosa siniestra [voluntad propia]. ¿Vamos a explotar o qué? Necesitamos algo más que inseguridad, necesitamos dinamitar la ciudad. (Ubertrip, Moho 2003)


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